CUANDO EL TIEMPO DEJA DE PROTEGER AL AGRESOR

CUANDO EL TIEMPO DEJA DE PROTEGER AL AGRESOR

Por XIMENA ARANTXAZU LÓPEZ GÓMEZ

Hay casos que trascienden a sus protagonistas porque terminan modificando la manera en que una sociedad entiende la justicia.

El caso de Sasha Sokol y Luis de Llano es uno de ellos.

Durante décadas, muchas víctimas de violencia sexual cargaron con una doble condena: primero, el silencio impuesto por el miedo, la culpa, la confusión o la manipulación; después, el paso del tiempo convertido en un argumento jurídico para cerrarles las puertas de la justicia.

“¿Por qué no denunció antes?”, se preguntaba con frecuencia. Como si una niña tuviera que comprender de inmediato lo que le ocurrió. Como si el trauma tuviera calendario. Como si sanar fuera un proceso lineal y la víctima tuviera la obligación de hablar cuando los demás consideran que es el momento adecuado.

La historia de Sasha Sokol cambió esa conversación.

Ella tenía 14 años. Luis de Llano, 39. Existía una diferencia de edad evidente, pero también una profunda relación de poder: ella era una adolescente que formaba parte de un grupo musical y él era uno de los hombres más poderosos de la industria que dirigía su carrera.

Durante muchos años, aquello fue presentado públicamente como una “relación”. Pero el tiempo, la conciencia social y la justicia obligaron a mirar los hechos desde otro lugar: desde los derechos de una niña y desde la responsabilidad de un adulto.

Y esa diferencia lo cambia todo.

La resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación marcó un precedente histórico al reconocer que, tratándose de violencia sexual contra menores de edad, el tiempo no puede convertirse automáticamente en un refugio para quien causó el daño.

La Corte entendió algo fundamental: las víctimas de violencia sexual infantil no siempre pueden denunciar inmediatamente.

Primero tienen que sobrevivir.

Después comprender lo que les ocurrió.

Reconocer que aquello que durante años pudieron interpretar como amor, consentimiento o una relación normal, en realidad estuvo atravesado por una desigualdad que jamás debió existir.

Y sólo entonces, cuando emocional y psicológicamente pueden hacerlo, algunas encuentran la fuerza para nombrar lo sucedido.

Ese proceso puede tomar años. Incluso décadas.

Por eso, uno de los mayores avances derivados de este caso es el reconocimiento de que las víctimas pueden reclamar la reparación civil del daño sin que el paso del tiempo les cierre la puerta. La justicia comienza a reconocer algo que quienes acompañan a víctimas saben desde hace mucho: el reloj jurídico no puede correr igual para quien ejerció violencia que para quien tuvo que vivir durante años con las consecuencias de esa violencia.

Este no es un asunto menor.

Estamos hablando de transformar una vieja lógica que, en los hechos, podía terminar protegiendo al agresor: bastaba con guardar silencio, esperar el paso de los años y confiar en que la víctima nunca tendría la posibilidad de hablar.

Hoy ese paradigma comienza a romperse.

El caso Sasha Sokol también nos obliga a revisar una de las preguntas más crueles que siguen enfrentando las víctimas: “¿Por qué hasta ahora?”

Tal vez deberíamos preguntarnos otra cosa.

¿Por qué una niña tendría que cargar sola durante tantos años con algo que un adulto le hizo?

¿Por qué esperamos que las víctimas tengan claridad inmediata sobre experiencias que pueden provocar miedo, culpa, confusión y profundas heridas emocionales?

¿Por qué seguimos cuestionando el tiempo de quien denuncia, pero tan pocas veces cuestionamos el silencio de quien ejerció la violencia?

La justicia no puede exigirle a una víctima que procese su dolor con la rapidez que establece un calendario.

Cada historia tiene su propio tiempo.

Cada sobreviviente tiene su propio proceso.

Y hablar no siempre significa que la herida acaba de ocurrir. A veces significa, precisamente, que después de muchos años finalmente existieron las condiciones para poder nombrarla.

Ese es quizá el mensaje más profundo de este precedente.

No se trata únicamente de una indemnización, de una disculpa pública o de una sentencia. Se trata de reconocer que la violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes deja consecuencias que no desaparecen porque hayan pasado cinco, diez o cuarenta años.

El tiempo puede borrar expedientes.

Puede cambiar leyes.

Puede modificar versiones.

Pero no necesariamente borra el daño.

Por eso resulta histórico que el derecho mexicano avance hacia una visión más humana de la justicia: una justicia que comprenda que las víctimas no son expedientes con fecha de vencimiento.

El caso de Sasha Sokol abrió una puerta para muchas otras personas que durante años pensaron que ya era demasiado tarde para buscar justicia.

Y quizá esa sea la parte más poderosa de esta historia.

Que una mujer decidió hablar después de décadas.

Que se atrevió a confrontar a un hombre poderoso.

Que llevó su caso hasta la máxima instancia judicial.

Y que, al hacerlo, consiguió algo que trasciende su propia historia.

Hoy, otras víctimas pueden saber que el tiempo transcurrido no necesariamente significa que hayan perdido el derecho a ser escuchadas.

Porque hay heridas que tardan años en poder nombrarse.

Porque una niña no siempre tiene las palabras para explicar lo que le pasó.

Porque sobrevivir también toma tiempo.

Y porque, finalmente, la justicia comienza a comprender una verdad elemental:

El tiempo no debe convertirse en el último cómplice del agresor.