EUROPA EN LAS CALLES: ¿EL ESPEJO DE MÉXICO?

EUROPA EN LAS CALLES: ¿EL ESPEJO DE MÉXICO?

Por Ángel Lara Platas

La historia se repite con distintos acentos. Mientras en París arden contenedores y en Bruselas se cierran estaciones de tren por disturbios, en México la conversación pública gira en torno a los mismos fantasmas: deuda impagable, servicios públicos deteriorados, jóvenes sin futuro y una clase política que parece administrar la crisis en lugar de resolverla.

Lo que ocurre en Francia y en buena parte de Europa no es una anécdota lejana. Es un aviso.

Francia vive de nuevo su ritual de indignación nacional. Todo comenzó, de forma aparentemente menor, el mes pasado en institutos de los suburbios del norte de París, donde estudiantes denunciaron falta de profesores y condiciones deplorables en las instalaciones educativas.

Esa chispa se convirtió en incendio. El 6 de octubre, más de 250 mil personas salieron a las calles convocadas por estudiantes y sindicatos contra los recortes presupuestarios del gobierno de Sébastien Lecornu. El balance oficial habla de entre 256 mil y 450 mil participantes ese día.

Diez días después, la escala cambió. El sábado 17 de octubre, decenas de miles tomaron las calles en diversas ciudades para protestar contra el incremento de precios y el deterioro de los servicios públicos. El saldo: una jornada que diversos medios cifran en más de 550 mil personas en las calles, con casi 2,400 detenidos, centenares de heridos y hasta el incendio parcial del ayuntamiento de Limoges. Otras crónicas del mismo día confirman la deriva hacia enfrentamientos, saqueos e incendios.

¿Por qué protestan? No es solo por la educación. El pliego es integral: costo de vida, recortes presupuestarios, crisis de los servicios públicos. En las marchas confluyen estudiantes, trabajadores, sindicatos, agricultores y el resurgimiento de los chalecos amarillos, todos bajo una misma consigna: el Estado de bienestar se está desmoronando.

Francia no está sola. Europa vive un inicio de curso marcado por paros y protestas en el sector educativo, impulsado por recortes y crisis salariales en Finlandia, Polonia, Rumanía, Grecia, Bélgica, Portugal, Alemania y Serbia.

El patrón es idéntico:

Bélgica. El 9 de octubre, trabajadores y estudiantes de secundaria protagonizaron una nueva huelga nacional contra las medidas de austeridad, en un clima ya tenso donde las protestas estudiantiles inspiradas en Francia habían derivado en violencia. La policía reportó 139 arrestos y el cierre de la estación de Liège-Guillemins.

España, Italia, Portugal y Grecia. Europa vive una ola de movilizaciones donde miles de jóvenes y trabajadores exigen soluciones al costo de vida, la crisis de vivienda y los recortes presupuestarios.

El denominador común. La crisis económica, el incremento de costos, la falta de inversión en educación y las acusaciones de corrupción. Como apunta un análisis reciente, Bélgica tiene un Estado de bienestar potente financiado con una de las presiones fiscales más altas del mundo, y aun así las protestas no reclaman menos impuestos, sino que el gasto público no se ajuste para rebajar deuda. Es la rebelión contra una austeridad que castiga abajo para tranquilizar a los mercados arriba.

Visto desde Xalapa o la Ciudad de México, el relato europeo suena dolorosamente familiar.

En México convivimos con todos los ingredientes que hoy incendian París:

Deuda y austeridad disfrazada: Mientras Francia recorta 10 mil millones de euros, en México el gasto público está asfixiado por el costo financiero de la deuda —más de un billón de pesos solo en intereses— y por megaobras que no detonan desarrollo regional equilibrado. Se invierte poco en lo esencial.

Educación en abandono. Al igual que los liceos de Créteil, nuestras escuelas públicas enfrentan falta de maestros, infraestructura colapsada y un modelo de Nueva Escuela Mexicana sin recursos. Europa protesta por recortes educativos; nosotros llevamos décadas normalizando el recorte.

Costo de vida y vivienda. La inflación acumulada ha pulverizado el salario. La crisis de vivienda que saca a los jóvenes europeos a la calle es la misma que expulsa a los jóvenes mexicanos de las ciudades: rentas impagables en CDMX, Guadalajara, Monterrey, con salarios que no alcanzan.

Servicios públicos deteriorados. Salud, transporte, seguridad. El descontento francés por el deterioro de los servicios públicos es el mismo que sentimos cuando no hay medicinas, cuando el transporte es inseguro o cuando la universidad pública no tiene cupo.

La diferencia es cultural, no estructural. En Francia, la gente sale. En México, aguantamos.

¿Puede haber un estallido social en México? La pregunta no es si hay condiciones. Las hay. La pregunta es por qué no ha estallado.

Tres factores nos han contenido:

Las válvulas de escape. La migración, la economía informal y los programas sociales focalizados han funcionado como anestesia. A diferencia del modelo europeo contributivo, donde un recorte se siente de inmediato en el bolsillo, en México el clientelismo amortigua temporalmente.

La fragmentación. Europa protesta con sindicatos fuertes y movimientos estudiantiles articulados. En México, el tejido social está roto por la violencia, la desconfianza y la cooptación de sindicatos y federaciones estudiantiles.

El miedo. Donde en Francia hay 2,400 detenidos, en México hay desaparecidos. La protesta social carga con el estigma de la criminalización y el riesgo real.

Pero la contención tiene límite. La juventud que hoy es nini o precarizada, que no puede comprar casa, que paga una educación privada porque la pública no alcanza y que ve cómo la deuda pública crece sin que mejoren sus calles, es la misma juventud que incendió Limoges.

No necesitamos importar el modelo francés de barricadas. Pero sí necesitamos entender su lección: cuando el Estado deja de invertir en su gente para pagar deuda y sostener privilegios, la calle termina cobrando la factura.

México no necesita un estallido para despertar. Necesita evitarlo con inversión real, con una reforma educativa financiada, con política de vivienda y con un pacto fiscal que no castigue abajo.

De lo contrario, la pregunta no será si puede pasar aquí, sino cuándo.