El valor de un cromosoma extra

Adela Ramírez
Cada 8 de marzo se habla de mujeres que abren camino. De las que llegan primero, de las que rompen techos que parecían imposibles. Pero a veces las historias que mejor explican lo que significa abrir una puerta no nacen en los grandes discursos ni en los foros internacionales. A veces nacen en un dojang, sobre el tatami, después de años de disciplina, de caídas y de volver a levantarse.
El síndrome de Down es una condición genética que ocurre cuando una persona tiene una copia extra del cromosoma 21. Desde la medicina se explica como una variación natural en el desarrollo físico y cognitivo. Pero desde la vida cotidiana también puede entenderse como un recordatorio poderoso de que muchas de las barreras que enfrentan estas personas no están en su genética, sino en los prejuicios de la sociedad.
De acuerdo con estimaciones médicas internacionales, uno de cada 700 nacimientos en el mundo ocurre con síndrome de Down. En México se calcula que cada año nacen alrededor de seis mil niñas y niños con esta condición, según datos de organismos de salud y asociaciones especializadas.
Durante décadas el síndrome de Down se miró principalmente desde el diagnóstico. Hoy el mundo empieza, lentamente, a mirarlo también desde las capacidades, la autonomía y la inclusión real.
Ese cambio de mirada tiene nombre, rostro y una historia que acaba de marcar un precedente en Puebla.

Any Yaretzi Pineda García entrenó durante cinco años taekwondo. Cinco años de repetir movimientos hasta que el cuerpo los aprende: perfeccionar un poomsae, corregir una postura, lanzar una patada una y otra vez hasta que la técnica encuentra su equilibrio. Cinco años de aprender a caer, a levantarse y a volver al combate con más determinación.
Cinco años en los que el deporte hizo lo que mejor sabe hacer: formar carácter.
Hace poco se convirtió en la primera joven con síndrome de Down en obtener la cinta negra en el estado de Puebla.
Quien conoce el taekwondo sabe lo que eso significa. La cinta negra no es un adorno. Es el resultado de evaluaciones rigurosas, de horas interminables de entrenamiento, de disciplina frente al maestro y de respeto por el camino del arte marcial.

En el deporte, como en la vida, nada se regala.
Por eso el Congreso del Estado de Puebla decidió reconocer su esfuerzo, gracias a la intervención de la diputada Ana Lilia Tepole Armenda, presidenta de la Comisión de Juventud y Deporte, quien impulsó que su historia fuera celebrada en la máxima tribuna del estado.
Ese reconocimiento no sólo celebra una historia personal. También envía un mensaje que vale la pena repetir: la inclusión no puede quedarse en el discurso.
En México todavía existen enormes pendientes en materia de inclusión educativa, laboral y deportiva para las personas con discapacidad. Muchas veces no es la falta de capacidad la que limita sus oportunidades, sino la ausencia de espacios abiertos para ellas.
Historias como la de Any nos recuerdan que el talento, la disciplina y la pasión no dependen de un diagnóstico.
“Si algo admiro de Any es su perseverancia. La fuerza y el corazón que pone en todo lo que hace inspiran, y además tiene esa forma especial de enseñarte a ver el mundo desde otra perspectiva”, destacó la hermana de la deportista, Daniela Mendoza García. Joven que se ha convertido en su aliada inseparable, quien reconoció también el trabajo conjunto de los instructores Roberto Galbraith y Jessika Cano.
Y en el marco del Día Internacional de la Mujer, esta historia también ilumina otra realidad: el deporte ha sido otro territorio que las mujeres han tenido que conquistar paso a paso. Cada generación ha ampliado ese camino para que otras niñas puedan ponerse un dobok, entrar a un dojang y descubrir que su cuerpo también puede ser fuerza, disciplina y confianza.
Cuando una joven con síndrome de Down alcanza una cinta negra, no sólo rompe una barrera personal. También rompe varios estereotipos al mismo tiempo: el de la discapacidad, el del género y el de las expectativas que otros colocan sobre su vida.
Permítanme aquí una confesión: Any Yaretzi es mi sobrina.

Y sí, el orgullo familiar podría explicar mi emoción. Pero lo que realmente conmueve es comprender que su historia representa algo más grande que nosotros mismos. Representa a una sociedad que empieza a entender que la diversidad no es una debilidad, sino otra forma de fortaleza.
Durante años se habló del cromosoma extra como si fuera una limitación.
Tal vez ha llegado el momento de empezar a verlo desde otro lugar.
Porque a veces la vida regala un cromosoma de más para recordarnos que también se puede tener amor, valentía y luz de más.