San Valentín sigue vendiendo nostalgia

San Valentín sigue vendiendo nostalgia

Por: Adela Ramírez

En el marco de la celebración de San Valentín, llega a las salas de cine una historia que se niega a morir, pero ¿qué buscamos cuando revivimos una trama de amor tormentoso que fue escrita en 1847? La respuesta está, quizá en lo que el cerebro sigue procesando cuando se enfrenta a emociones que no terminan de ordenarse.

Así de directo: Cumbres Borrascosas, la novela de Emily Brontë, es una piedra en el zapato psicológico que, aún después de casi dos siglos, se niega a desaparecer. Porque no se trata de un romance bonito: se trata de una historia sobre obsesión, memoria, heridas no resueltas, orgullo y patrones que regresan una y otra vez, aunque ya sepamos que nos hacen daño.

Lo interesante es que Brontë no escribió este texto pensando en un público complaciente. Cumbres Borrascosas se publicó en 1847 bajo seudónimo —como muchas autoras de la época— y, aun así, terminó convirtiéndose en uno de los clásicos más incómodos y discutidos de la literatura inglesa. Emily Brontë murió en 1848, apenas un año después de la publicación, con solo 30 años, y dejó una sola novela. Una. No una saga, no un universo literario: una historia brutal que fue suficiente para instalarse en la cultura para siempre.

La razón por la que esta historia sigue vigente no es un misterio supernatural: es porque las fallas humanas, esos atavismos del pensamiento emocional, no han cambiado tanto. Seguimos enganchándonos a recuerdos que nos tiran de regreso, seguimos idealizando decisiones que nos lastimaron y seguimos creyendo que hay respuestas en lo que fue doloroso. Eso no es cursilería, es neuropsicología emocional en su forma más cruda: recordar activa conexiones, compara experiencias pasadas y vuelve a poner en marcha lo que creíamos superado.

Y ahora, justo en este febrero de 2026, se estrena una nueva adaptación cinematográfica de Cumbres Borrascosas, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi, hecho que vuelve a ubicar a Emily Brontë y su obra en el centro del debate cultural, a 175 años de la publicación de la novela.

La película nos permite abandonarnos a esa relación que nadie quiere para sí, pero que todos reconocemos si la vemos en una sala de cine. Porque si algo tiene esta historia, es que no se siente ajena: se siente familiar. Incómodamente familiar.

En su primer día, la cinta recaudó alrededor de 11 millones de dólares en taquilla. Ese dato no es menor: significa que un relato escrito hace casi 180 años todavía puede competir en la cartelera actual, entre franquicias, secuelas y fórmulas repetidas.

Pero el fenómeno no se quedó en la pantalla. El estreno impulsó también el regreso editorial del libro: se estima que solo en enero de 2026 se vendieron más de 72 mil copias, casi cinco veces más que en periodos anteriores. Es decir, la película no solo reavivó el interés cinematográfico: reactivó el consumo del texto original, como si las nuevas generaciones quisieran comprobar por sí mismas si el drama era tan intenso como se prometía.

Y sí: lo es.

No sorprende que una historia así resuene. Duele, incomoda, nos pone frente a nuestras contradicciones. Y justamente eso la hace interesante: Cumbres Borrascosas nos recuerda que el relato del amor universal no es lineal, ni limpio, ni siempre edificante. Es desordenado, lleno de sombras y de zonas grises de las que ninguna celebración de San Valentín suele hacerse cargo.

Porque el amor, visto desde una perspectiva más realista, no siempre es una experiencia bonita. A veces es un mecanismo de apego, una herida que se confunde con deseo o una batalla entre orgullo y necesidad. La novela de Brontë lo expone sin anestesia: lo que se supone que debería ser romántico, termina siendo una especie de guerra emocional, esas guerras que vivimos a diario acompañados de la rutina cotidiana y estrés actual.

Y quizá por eso esta historia sigue funcionando. Porque no se parece a la fantasía que venden los anuncios, sino a la realidad emocional que mucha gente calla.

La novela de Brontë no solo está traducida y reeditada constantemente: ha sido reinterpretada en múltiples formatos durante décadas. No es casualidad. El público no busca siempre un final feliz; busca tensión, reconocimiento y ese pequeño malestar que produce ver parte de la propia experiencia reflejada en la pantalla o en las páginas. El reflejo que a veces incluso se necesita para comprobar que, en el mundo exterior, hay más personas con el mismo dolor, las mismas dudas y la misma pasión. No es un texto que se cuele en la lista de lecturas obligatorias y se olvide; es un texto que vuelve a la memoria mucho después de haberlo terminado.

Como lectora y espectadora de cine, creo que este fenómeno tiene una explicación menos romántica y más realista: las historias que perduran no son las que nos hacen suspirar, sino las que nos obligan a pensar.

La nostalgia no es una emoción bonita: es un mecanismo mental que se activa cuando algo nos marcó y no terminó de cerrarse. Regresa con la precisión de una herida vieja: el primer beso, la primera vez, el primer amor, y esa primera despedida que no solo dolió… nos cambió.

Años después, la vida sigue, pero la mente guarda lo que no resolvió. Guarda lo que pudo ser. Lo que no fue. Lo que no será.

Y por eso Cumbres Borrascosas no envejece. Porque no cuenta un romance, cuenta una obsesión que sobrevive al tiempo. Un dolor que no grita, pero que tampoco se va. Y en San Valentín, cuando todos celebran lo que tienen, esta historia vuelve para recordarnos lo que perdimos… o lo que nunca supimos cómo sostener.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *